Una tarde con Pedro Friedeberg

Por: Luis Jorge Arnau Ávila

by Mexicanisimo
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Describirlo es difícil; la mejor palabra que encontré en mi limitado vocabulario para hablar de este gran artista italo-mexicano es: “inusual”. Tan parecido a su obra, con parajes inesperados y esquinas inexplicables, Friedeberg es, sin duda, uno de los artistas que pueden sentirse orgullosos de crear un estilo reconocible, aún para los menos conocedores.

Hombre dedicado a volver íntimos los espacios enormes, Pedro no niega su educación arquitectónica, pero la transforma con las mejores influencias barrocas que le da la imaginación, para adornar todos los espacios vacíos hasta el maravilloso exceso. Lejos de ser excéntrico (“que está fuera de centro”), Pedro es una persona disciplinada que trabaja todos los días, en obras que no son fruto de un instante de inspiración sino que requieren de un trabajo meticuloso y dedicado, que requiere de evaluar espacios y proporciones. “Antes parecía que ser surrealista obligaba a uno a ser excéntrico, pero eso no es correcto. Yo no soy excéntrico. Leonora Carrington era excéntrica, pero Remedios Varo no lo era, aunque sí lo fue el poeta Benjamín Péret, con quien ella estuvo casada. Yo escribí sobre varios de ellos, como Pita Amor”.

Llegado a México desde muy niño, Pedro se volvió un personaje indispensable del ambiente artístico mexicano. Irónico, mordaz, intolerante a ratos, su personalidad brinca entre el afecto por la soledad y la pasión por los excesos. De sus inicios: “Yo quería ser escritor, pero mi mamá no me dejaba, pues se sentía insultada cuando yo hacía un trabajo autobiográfico”.

Un artista extrañamente simpático

Hombre de plática agradable cuando él lo quiere y de innumerables anécdotas sobre el mundo de pintores, artistas y bohemios de la segunda mitad del siglo XX, Pedro, a diferencia de los artistas que viven de recuerdos, sigue pintando de manera casi compulsiva, en su espacio personal que parece una extensión de sus obras, lleno de líneas, recargado de imágenes, con poco espacio para aburrirse de nada.

Charlar con él es un deleite, como jugar ajedrez contra un gran maestro que consiente a ratos al oponente. Puede justificar el absurdo con retorcidos diseños o puede cuestionar la realidad con vehemente desencanto. “Quizá tengo alguna herencia de Florencia, mi ciudad natal, en el subconsciente, por aquellas obras de distintos tonos de mármol, como la Catedral de Siena… tal vez de ahí me salió la idea de hacer marcos como cebras”.

Amigo de Mathias Goertitz, con quien formó el movimiento artístico “Los Hartos”, Pedro se ha convertido en un involuntario maestro de generaciones de artistas. Pocos como él han sabido volver propio el recargado estilo mexicano; a ratos pareciera que mucha de nuestra artesanía de filigrana, latón y dibujos fantásticos se debe a su interpretación y paternidad. En sus obras hay escaleras que se enroscan en sí mismas, repeticiones obsesivas de imágenes y animales, seres mudos asomados casi por accidente al cuadro, cornisas, columnas, pliegues, con un ejercicio de caligrafía arquitectónica que se traga al espectador.

Durante varios periodos de su vida, Friedeberg se ha distinguido por su afecto a diseñar/escribir cartas inusuales, donde juega con diseños que se mezclan con el contenido. Esas cartas se han convertido en verdaderos clásicos.

El creador de la Silla-mano

Creador de la famosa Silla-mano de la que hoy reniega “no me gusta repetirme, pero me da de comer”, Pedro no ha sido un simple testigo de nuestra vida artística, sino que ha sido parte fundamental de ella. “Pinto todos los días, de manera casi terapéutica. Me despierto cada mañana y me contento de tener proyectos, tengo como diez cuadros iniciados”. Sus diseños han sido utilizados, inclusive, para atuendos de moda, aunque más allá de la alta costura sus obras han aparecido hasta en camisetas.

Su primera exposición fue en 1959, gracias a Remedios Varo, quien descubrió su trabajo mientras él trabajaba en la tienda de discos de su marido, Walter Gruen. “Yo hacía unos dibujitos horribles, pero algunas personas los compraron y desde entonces me dediqué a la pintura”.

Durante 17 años vivió en San Miguel Allende, un lugar que hoy ya tiene “demasiados artistas y demasiadas galerías, hay 20 artistas por cada habitante. La sobreproducción de obras no significa crecimiento del arte, pues han florecido también muy mal arte y muchas tomaduras de pelo”.

Con respecto a su obra, parece ser evasivo: “No puedo decir que haya un estilo Friedeberg, aunque recientemente hay muchos jóvenes que tratan de adaptar mi estilo –ya están aburridos del arte abstracto, del arte conceptual o del arte objeto, y están volteando a ver algo con nuevas posibilidades–”. Amante de las autobiografías y los libros de viajes, en especial los antiguos, recuerda su innumerable cantidad de exposiciones y acota: “La exposición que me hicieron en Bellas Artes hace dos años es una de las que más me han gustado”.

Una casa tiene que hacerte reír

Friedeberg ha hecho de su casa, en la Ciudad de México, un maravilloso museo estudio, convencido de que se requiere de espacios divertidos para vivir con dignidad. Le encanta la polémica: “Hace 50 años yo decía que Gaudí era un genio y se burlaban del mí, y aquellos que decían que sus obras eran un insulto al ojo humano hoy hablan maravillas de él. No se trata de construir torres inmensas, cada vez más grandes, sino crear de manera diferente, dar espacio a nuevos caminos de expresión.”

También menciona que “ya no existe el kitsch, porque hoy todo el mundo lo ha asumido como propio. Basta con ir a Disneylandia, la capital del kitsch, o a Las Vegas, a la que le falta sólo un hotel bizantino. De México, me encanta el arte huichol, es como un mantra que repite un concepto de manera mística. Por eso me siento un poco huichol, con su devoción por el ornamento”. Y es cierto, la obra de Friedeberg se detiene en un sinnúmero de grecas, de objetos repetidos, de adornos, de figuras que aparentemente están fuera de contexto, de pasillos que llevan a ninguna parte y ventanas que no se asoman a nada, de trazos finos casi caligráficos, de texturas arquitectónicas que inventan nuevos espacios y nuevas dimensiones.

Más allá de sus múltiples relaciones (afectuosas a veces, turbias en otras) con personajes como Carlos Monsiváis, Manuel Felguérez, José Luis Cuevas, María Félix, Pita Amor, la mejor manera de intentar descubrir su incomprensible personalidad es acercándose a sus cuadros cargados de líneas retorcidas y monstruos, de árboles dorados y de unicornios, así descubrirás que, además de indefinible, es un personaje divertido, aunque se niegue a serlo.

 

www.pedrofriedeberg.com

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