Diversidad, extraña palabra. Tolerancia, aún más extraña. La primera se usa comúnmente para hablar de naturaleza, de animales de zoológico, de climas, pero en raras ocasiones va dirigida a comportamientos humanos, a grupos sociales, a aquello que, de manera equivocada, llamamos razas (sin reconocer que la raza humana es una sola). La segunda está relacionada con soportar, con aguantar a los demás, más ligada a paciencia que a respeto y aceptación, como si se tratara de una concesión otorgada al otro, siempre desde la superioridad de quien la concede. Son dos palabras que, en nuestro país, presentan grandes retos, aunque a veces nuestra postura –de dientes para afuera– sea ejemplar. Pero estamos en el siglo XXI, habría que aprender a usarlas (y aplicarlas) a menudo, porque cada vez es más evidente la presencia de la primera y la necesidad de la segunda.