Quechquémitl de gasa
Quechquémitl de gasa, tejido en telar de cintura y bordado a mano con hilo de…
Quechquémitl de gasa, tejido en telar de cintura y bordado a mano con hilo de…
Cuando se habla del mejor de lo mejor, suele pensarse en Pelé o en Messi, en Usain Bolt, Mark Spitz, Michael Phelps o Babe Ruth, pero nunca se piensa en un mexicano. Suponemos, con ese espíritu depresivo que a veces nos da, que no hay ninguno. Pues estamos equivocados. En la historia de los deportes existen 3 deportistas considerados los mejores de todos los tiempos en su disciplina, y uno más está cerca de lograrlo:
Ich kol. Escultura en madera Autor: Juan Cima Barzón, Dzulá, Felipe Carrillo Puerto, Quintana Roo.…
En Teotihuacan se han encontrado dos grandes monolitos: el primero, de poco más de tres metros de altura y tres toneladas de peso, en perfecto estado de conservación, se exhibe en la sala de Teotihuacan en el Museo Nacional de Antropología; el segundo se encuentra en el sitio arqueológico, pesa seis toneladas aproximadamente, tiene casi dos metros de altura y presenta daños que le hicieron perder rasgos antropomórficos.
No importa si es su primera visita o frecuentan el museo regularmente, no pueden perderse la nueva exhibición temporal, es para todos los gustos. En esta muestra, ubicada en la planta de acceso del recinto, tendrás la oportunidad de conocer y admirar piezas de cristal y vidrio soplado provenientes de la Real Fábrica de Cristales de la Granja, erigida con el apoyo del rey Felipe V en Segovia, España, durante el siglo XVIII.
¿Y qué tienen de especial estas piezas? ¡Ya verás!
Para conmemorar el Centenario de la Independencia, Porfirio Díaz encomendó al fotógrafo alemán Guillermo Kahlo (1871-1941) realizar el registro gráfico de los Templos de Propiedad Federal, a fin de saber con qué inmuebles contaba el gobierno tras la aplicación de las Leyes de Reforma. El resultado: notables y admirables vistas que, más allá de un mero inventario visual, son obras de excelente calidad estética y artística.
¿Recuerdas…? Sí, recuerdo cuando leí por primera vez Farabeuf. Recuerdo que fue en el último semestre de la carrera. No podía creer que llevara cuatro años estudiando letras hispánicas sin haber leído esta novela. También recuerdo el impacto del instante en que mis ojos miraron aquella foto de la página 145, de una mujer china con los pechos cercenados, rodeada de hombres, unos espectadores de la sanguinaria escena, otros cortándole una pierna. Así, Farabeuf se me “reveló como un seductor signo de interrogación”, como se describe a la novela en la contraportada de la edición del Fondo de Cultura Económica.
Calavera con traje de jaguar. Barro policromado. Izúcar de Matamoros, Puebla.
Los dedos empiezan a tamborilear. El pie derecho a moverse de arriba abajo, lo secunda su hermano izquierdo. Los hombros se contonean como que no queriendo la cosa. La cabeza baila de lado a lado, siguiendo el seductor ritmo del saxofón que se funde poco a poquito con el dulce sonido de las percusiones, como lo hace el sol en el horizonte. Así reacciona el cuerpo cuando escucha la música de La Manta, que se siente como un baño de mar, como una fiesta de pueblo, como una lluvia de estrellas.