Muralismo rupestre
Joya ancestral de la plástica mexicana
Texto: Ramiro Flores Ortiz
Fotos: Secretaría de Turismo de Baja California Sur

La península de Baja California alberga un estilo único en el mundo de pinturas rupestres, con unos 320 sitios arqueológicos registrados, aunque los expertos aseguran que aún quedan tesoros por descubrir. La mayor parte de las pinturas rupestres se encuentran distribuidas a lo largo de 12,000 kilómetros cuadrados en la región central de la península californiana, siendo la Sierra de San Francisco –declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1993– el ejemplo más notable de este tipo de arte.
Lo más probable es que estas pinturas fueran elaboradas por los antepasados de los cochimíes, un pueblo amerindio de cazadores-recolectores que se organizaba en bandas de entre 20 y 50 familias (unas 200 personas a lo sumo) y que habitó la zona hasta su extinción, en el siglo XIX. Las mujeres y los niños recolectaban plantas comestibles mientras los hombres cazaban; contaban con un jefe, el cacique, y un chamán, el cual tenía un papel preponderante en los ritos y ceremonias vinculados con las pinturas.
Los misioneros jesuitas que evangelizaron la región registraron que, de acuerdo con las leyendas de los indígenas locales, las pinturas fueron hechas por gigantes que se mataron entre sí en cruentas batallas, tal y como consigna el padre Miguel del Barco en su Historia Natural y Crónica de la Antigua California, escrita a finales del siglo XVIII.
En todo caso, los investigadores estiman que la península ha estado habitada desde hace unos 10,000 años y que la costumbre de pintar en la roca data de hace unos 4,000 años, misma que perduró
casi sin cambios en el estilo artístico hasta 1650, cuando llegaron los españoles. Pero en 2001, un equipo internacional de arqueólogos y científicos de México, Argentina, Australia y Nueva Zelanda, financiado por el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología, el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) y la National Geographic Society descubrió que las figuras humanas pintadas en las cuevas y otros refugios naturales de la Sierra de Guadalupe fueron realizadas hace por lo menos 7,500 años.
La gran diferencia entre las pinturas rupestres de Baja California y las de otras latitudes radica en su monumentalidad: son representaciones de animales y seres humanos de tamaño natural o incluso de más de dos metros de alto, plasmadas en grandes conjuntos, algunos de varias decenas de metros de largo, por lo que se le conoce como estilo Gran Mural. De hecho, sólo en Australia se han encontrado muestras de arte rupestre de características similares.
Los creadores de las pinturas emplearon ocre, rojo, negro, amarillo y blanco, colores que obtuvieron de óxidos minerales de origen volcánico y de la piedra caliza (para el blanco), por ejemplo. Los animales representados en posiciones fijas y en
movimiento son tanto terrestres como marítimos: serpientes, liebres, aves, pumas, venados y borregos, entre los primeros; y ballenas, mantarrayas, tortugas, leones marinos y peces, entre los segundos. En los murales en los que predominan los animales, las figuras humanas son esporádicas y cuando aparecen, son secundarias. En contraste, cuando las figuras humanas son centrales, se muestran estáticas, de frente, con los pies apuntando hacia abajo y hacia fuera, y sin rostro. A su vez, las representaciones de mujeres pueden distinguirse gracias a los “senos” (pequeños triángulos) dibujados debajo de las axilas.
La obra más impresionante es la Cueva Pintada, un enorme mural de 150 metros de largo con centenares de figuras, algunas encima de otras, lo que sugiere que fue elaborado a lo largo de los siglos, con cada generación haciendo su aporte. Se trata de la pintura rupestre más grande del mundo, con algunas de las figuras humanas adornadas con tocados o penachos, por lo que se especula que sean imágenes de chamanes. Otra joya es la Cueva de la Soledad, en la que se aprecian hombres, mujeres, venados de grandes cornamentas, cervatillos y dos aves que parecen águilas. Sin embargo, uno de los sitios más enigmáticos es la Cueva de las Flechas: dos de las cuatro figuras humanas representadas están atravesadas por flechas en la cabeza, corazón, estómago y genitales, lo que constituye una rareza, ya que en otras cuevas se aprecia que las lanzas o flechas sólo atraviesan animales. La Cueva de los Músicos es otra misteriosa obra con dos pentagramas pintados en blanco que algunos identifican con andamios y en los que una docena de figuras humanas parecen estar tocando invisibles instrumentos musicales.
Estas muestras de arte rupestre y muchas más están abiertas a todo el público pero sólo pueden visitarse mediante un permiso del INAH –que puede gestionarse en el Museo de San Ignacio, Baja California– y un guía proporcionado por el mismo instituto. Además, hay que tener en cuenta la época del año en que se piensa viajar, debido a los intensos calores del verano, y llevar el equipo necesario para acampar.
Ramiro Flores Ortiz. Es licenciado en Historia por la UNAM. Como periodista ha realizado colaboraciones para los diarios La Jornada y Milenio, y para la revista Nexos, entre otras publicaciones.