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Los pasos de la historia:
de Cortés y Moctezuma a Iturbide y Guerrero
Karla Herrera Buhler

El primero de abril de 1907, el presidente Porfirio Díaz designó una Comisión Nacio-nal para organizar los festejos del Centenario de la Independencia. Los miembros eran personajes destacados de la época como Guillermo de Landa y Escandón, gobernador del Distrito Federal; José Casarín, diputado, o el mismo Porfirio Díaz, hijo. La Comisión reportaba directamente al primer mandatario todos los proyectos y actividades que planeaban.
Durante dos años trabajaron integrando comisiones estatales y municipales para que los festejos del Centenario llegaran a todos los rincones de México. Las fiestas debían ser de carácter nacional y popular. El gobierno enarbolaba la bandera del progreso y 1910 ofrecía la oportunidad perfecta para que en todas las ciudades de importancia lo constataran. El progreso llegaría en forma de baños y lavaderos públicos; bibliotecas, calzadas, caminos, obras de drenaje y saneamiento, escuelas, hospitales, instalaciones de telégrafo y teléfono, mercados, monumentos, panteones, parques, teatros, quioscos, además de numerosas placas conmemorativas, obras de reforestación, rastros e instalación de relojes públicos.


Moctezuma II. Emperador de los aztecas, paseó por las principales avenidas metropolitanas la mañana del 15 de septiembre de 1910.

Porfirio Díaz deseaba que el recuerdo del Centenario quedara por mucho tiempo en la memoria de los mexicanos, pero sobre todo a través de las obras materiales, constancia de que México había alcanzado la modernidad. Las fiestas no sólo celebrarían la lucha libertadora que comenzó el padre Hidalgo en el atrio de la parroquia de Dolores; los cohetones y los bailes populares de septiembre también se harían en honor de los logros obtenidos con la paz y el orden que don Porfirio había procurado para los mexicanos.
El entusiasmo por las fiestas del Centenario se respiraba en la Ciudad de México. Las páginas de los periódicos estaban inundadas de anuncios que ofrecían “discos patrióticos del Centenario”; banderas de todos tamaños para adornar las casas; escudos patrióticos de yeso de un metro de altura, abanicos gigantes de papel “muy propios para decoraciones interiores”, rollos de crepé tricolor, águilas doradas de papel maché, estampas, alegorías y postales con escenas de la Independencia. Algunos comercios atraían a la gente regalando prendedores patrióticos. Los caballeros podían adquirir un par de mancuernas con la efigie del cura Hidalgo o del águila mexicana, o bien alguna de las “Navajas Centenario”. Para las damas, la gama de artículos disponibles era muy amplia: hebillas de cinturón, leopoldinas, pendientes, botones y adornos tricolores sin fin. Y en general, para disfrutar el desfile conmemorativo, se alquilaron los balcones de algunos edificios como el quinto y sexto del periódico El Imparcial o asientos dispuestos en las azoteas de las avenidas principales.


Uno de los carros alegóricos pasando frente al Palacio Nacional, durante el desfile histórico del día 15.

La Comisión Nacional del Centenario, en coordinación con la Secretaría de Instrucción Pública y Bellas Artes, presidida por Justo Sierra y Enrique Creel por la de Relaciones Exteriores, elaboró un programa para septiembre de 1910. Todos los días se realizaron dos o tres eventos: inauguración de edificios, develación de placas, recepción de obsequios de las legaciones diplomáticas, cenas, procesiones cívicas, recepciones y garden parties.
El programa del 15 de septiembre comenzaría a las 8:30 de la mañana, con las felicitaciones que diferentes asociaciones daban al presidente con motivo de su cumpleaños: Díaz celebraba 80 años de vida. Una hora más tarde daría inicio el gran desfile histórico preparado por la Comisión Nacional. El autor del proyecto fue José Casarín y la labor, particularmente fatigosa, consumió más de un año en reunir la información necesaria para recrear con estricto rigor histórico la indumentaria y la escenificación.

Aspecto de la Catedral en la noche del 15 de septiembre de 1910.

Los grupos que formaban el desfile histórico partieron del Paseo de la Reforma, recorrieron la Avenida Juárez y San Francisco –hoy Madero– hasta llegar a la Plaza de la Constitución, frente a Palacio Nacional. Con una semana de antelación se repartió un folleto ilustrado con los datos de los personajes y los pasajes que se iban a representar. El 15 de septiembre, muy temprano, los espectadores se congregaron en las calles para ver a Hernán Cortés saludando a Moctezuma.
En balcones y azoteas –propias o rentadas– las familias se asomaron para ver pasar al elenco de personajes que encarnaban el pasado. No hubo una ventana que no estuviera cubierta de ojos bien abiertos que miraban en todas direcciones buscando los detalles de la historia de México.


El Tlatoani Moctezuma encabezaba un grupo integrado por guerreros, sacerdotes, grandes señores y ministros con varas en las manos, todos mexicas; mientras que el conquistador Cortés se acompañaba de soldados escopeteros, ballesteros, arcabuceros, frailes y algunos guerreros tlaxcaltecas. La Malinche iba en esta comitiva y precedía a un séquito de mujeres. Pedro de Alvarado, con sus flamígeros cabellos, caminó junto a Cortés, Bernal Díaz del Castillo y Juan Velásquez de León. A la vera del Palacio Nacional y en presencia del General Díaz, de su gabinete y del cuerpo diplomático, Hernán Cortés se apeó de su tordillo “Molinero” y saludó a Moctezuma.
Concluido el encuentro de dos mundos, la época colonial se encarnó en la marcha que conmemoraba la toma de Tenochtitlan el 13 de agosto de 1521. Desde esa fecha, cada año, los miembros de la Real Audiencia, del Ayuntamiento de la Ciudad de México, los indios principales de Santiago Tlatelolco y otras autoridades sacaban el Pendón Real de damasco carmesí, con el escudo real bordado en oro, y recorrían algunas calles de la ciudad.
El último conjunto tuvo carros alegóricos en honor a Hidalgo, Morelos y el sitio de Cuautla, un carro del estado de Tabasco y el Gran Carro de la Paz del Gobierno de Sinaloa. El número principal fue la representación de la entrada del Ejército Trigarante a la Ciudad de México, el 27 de septiembre de 1821. Agustín de Iturbide, Vicente Guerrero, Manuel Mier y Terán, Guadalupe Victoria y Anastasio Bustamante volvieron de sus heroicos sepulcros para desfilar ante más de doscientas mil personas. Los soldados de los regimientos fueron representados por artistas y estudiantes. Los uniformes se hicieron con apego a las crónicas y las armas eran auténticas de la época. En esta ocasión, tal y como sucedió en 1821, los soldados y jefes militares entraron a la ciudad en medio de vivas y aplausos.
El objetivo del desfile era presentar los tres momentos más importantes de la historia de México. Cabe advertir que, en el desfile, el desarrollo histórico de México se presentaba de forma diferente, pues en lugar de escenificar las grandes batallas y guerras que simbolizan el origen de la nación, se destacaron momentos de relativa paz y unión de las fuerzas discordantes: el encuentro de Cortés y Moctezuma, las autoridades virreinales reunidas con las repúblicas de indios y, finalmente la alianza de insurgentes y realistas en pos de la Independencia.
El mismo día 15 por la tarde, se repartieron invitaciones para funciones públicas en los principales teatros de la ciudad; se llevó a cabo una corrida de toros y un espectáculo de jaripeo. Todos quedaron contentos con las suertes de los charros que montaban a pelo y redomaban yeguas recias. Las plazuelas de Carlos Pacheco, de La Soledad y la Palma fueron ocupadas por acróbatas y cirqueros que divirtieron a niños y adultos.
En la noche, la iluminación de edificios y sedes de gobierno ofrecía a los capitalinos y a los visitantes –que llegaron por miles para los festejos septembrinos– un prodigio más: las personas se admiraban al caminar por la calle de Madero en dirección al Zócalo, pues parecía que lo hacían entre dos murallas de fuego. Eran millares de bombillas luminosas, multicolores, que anunciaban el prodigio de la iluminación eléctrica.
Cerca de las diez de la noche hubo fuegos artificiales y una gran serenata frente a Palacio Nacional. A las once ocurrió el tradicional Grito, Porfirio Díaz repicaba la campana con la que Hidalgo convocó a los habitantes del pueblo de Dolores. La Plaza Mayor estaba rebosante y, después de las emotivas palabras del presidente Díaz en honor de los héroes de 1810, el gentío caminaba y se detenía bullicioso por las calles. En las plazas y espacios abiertos se improvisaban bailes y se cantaban canciones populares. ¡Qué tiempos, señor don Simón!
En retrospectiva, considerar que el origen y el progreso de México se encontraba en la unión y no en la guerra, refleja una visión diferente de la historia empírica que nos muestra la lenta y penosa afirmación de nuestro país, como resultado de la sangre y el fuego de muchas guerras. Por supuesto, el desfile histórico se organizó bajo el gobierno de don Porfirio, cuyo lema principal era “Paz, Orden y Progreso”. Con motivo de las conmemoraciones del Bicentenario, tendremos que preguntarnos si la mirada de José Casarín sobre el desarrollo histórico del país –cimentado en la unión y no en la división– puede ayudarnos cien años después.

Karla Herrera Buhler. Es pasante de la licenciatura en Historia por la Facultad de Estudios Superiores Acatlán de la UNAM. Se desempeña como becaria del Programa de Jóvenes Investigadores 2009 del Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México. 


La nieta del “padre de la patria” asistió a las celebraciones. En la foto, rodeada de niñas escolares, bajo la pila en donde fue bautizadó Hidalgo.

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