La Revolución
cuenta su propia
historia
Edgar Damián Rojano García |
 La Revolución Mexicana está llena de momentos épicos, de grandes personajes y batallas heroicas que inmediatamente fueron recogidas por la historia escrita. De hecho, desde que Francisco I. Madero alentó la lucha armada contra el régimen de Porfirio Díaz, empezaron a circular por todos los rincones del país panfletos, folletos y libros sobre los llamados “sucesos de actualidad”.
La Revolución y Francisco I. Madero –editada en Guadalajara en 1912– es considerada la primera obra histórica de la Revolución. Su autor fue el abogado zacatecano Roque Estrada, quien recoge sus andanzas al lado de Madero durante la campaña electoral antirreeleccionista, su prisión en San Luis Potosí, el triunfo del movimiento y su desencanto final por el abandono de los principios que habían dado razón y sentido al maderismo.
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Si bien el texto de Roque Estrada es valioso en sí mismo, tiene otro mérito: el de inaugurar la tradición por medio de la cual los protagonistas de la lucha armada dejaron su testimonio sobre los hechos en los que les había tocado participar. De esta manera, los relatos cocinados al calor de la guerra y, por lo mismo, impregnados de partidismo, se convirtieron de inmediato en fuentes históricas. Varios son los ejemplos: Toribio Esquivel Obregón, negociador en las conferencias entre el gobierno de Porfirio Díaz y los rebeldes maderistas que dieron pie a los Tratados de Ciudad Juárez, dejó su testimonio en Democracia y personalismo de 1911. A su vez, el general Salvador Alvarado, enemistado con Venustiano Carranza, en un esfuerzo por aportar ideas que definieran el rumbo de la Revolución, publicó en 1919 La reconstrucción de México. Un mensaje a los pueblos de América. Ese mismo año apareció La Revolución de 1910. Apuntes históricos, de Pascual Ortiz Rubio, futuro presidente de la República. Inclusive, y a pesar de que son consideradas apócrifas, salieron a la luz las memorias de Victoriano Huerta.
Al lado de estos relatos, también circularon textos que tenían como propósito la descripción de los hechos tal y como habían sucedido. Sin embargo, era imposible llevar a la práctica estas “buenas intenciones”, porque prácticamente todos los que se dieron a la tarea de publicar historias tenían una postura que defender. Por ejemplo, J. Figueroa Domenech tenía una rara concepción de la imparcialidad, pues al tiempo que afirmaba que sólo relataría las causas de los acontecimientos, para dejar al ilustre héroe de Ciudad Juárez (refiriéndose a Madero) “en el lugar que le corresponde en la historia y en el corazón de sus compatriotas”; calificaba de caótico a su gobierno y titulaba a su obra Veinte meses de anarquía. Esta crónica de los sucesos políticos ocurridos en México desde julio de 1911 a febrero de 1913 justificaba plenamente el régimen militar de Victoriano Huerta.
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De igual manera, Rafael Aguilar hacía voto de imparcialidad al decir a sus posibles lectores que todo lo contenido en su obra Madero sin máscara (1911) era “rigurosamente cierto”; como que el líder de la Revolución era un personaje falso, ambicioso y extremadamente débil. Y remataba: “Medite usted profundamente después de haber leído y, en seguida, con la mano en el corazón, condene o absuelva”.
Hubo también quien no se anduvo por las ramas y abiertamente expresaba sus intenciones. Tras el golpe de estado de Victoriano Huerta, en febrero
de 1913, apareció el libro México para los mexicanos de Manuel Doblado. El objetivo de la obra era presentar a Huerta como el campeón del “honor y de la dignidad” nacionales, ante la amenaza del imperialismo yanqui. El tono panegirista de la obra alcanzaba su punto álgido al considerar que Huerta, “salvador de la Patria”, estaba a la altura de personajes como Vicente Guerrero, Benito Juárez y Porfirio Díaz.
La aparición de este tipo de obras no debe extrañar, porque Madero estaba convencido –de acuerdo con el espíritu democrático que lo animaba– de lo saludable que era para la vida nacional, la participación irrestricta de la opinión pública. Consecuencia de ello fueron los excesos al denigrar la figura del propio Madero y, con ello, la incipiente democracia mexicana.
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En cambio, figuras como la de Emiliano Zapata, calificado de personaje “fatídico” y “símbolo del bandolerismo”, combatido con dureza por el propio general González, tuvo que padecer la muerte para ser considerado un héroe revolucionario.
Pero los relatos producidos durante la Revolución no se ciñeron al contenedor elitista de los libros de historia, sino que buscaron otras formas de expresión como el corrido popular, la novela e, inclusive, la puesta en escena. Fue el caso de Luis Andrade y Leandro Blanco, quienes publicaron en 1912 El tenorio maderista. Parodia satírico política en un acto; o como Salvador Quevedo y Zubieta, quien dio a conocer en 1916 Huerta, drama histórico en 5 actos. No faltó tampoco el poeta que plasmara en versos su momento histórico, como el canto épico a Aquiles Serdán escrito por Silvino M. García y recopilado por Juan B. Delgado para el Florilegio de poetas revolucionarios, editado en abril de 1916.
Enseguida un botón de muestra:
Sobre el montón de escombros de catástrofe horrible
contempla, Pueblo mío, la figura grandiosa
de Serdán, que se yergue iracundo y terrible
y presenta ante el mundo la actitud más gloriosa!
¿Cuál ejemplo más bello nos presenta la historia
de inmenso sacrificio por la Patria y la raza?
Un mártir que sucumbe, que se cubre de gloria,
y una familia heroica que al Tirano rechaza!
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Otro de los aspectos a destacar sobre la historia que publica por aquellos años es la consolidación de una visión negativa del Porfiriato, con su contraparte positiva en el movimiento revolucionario. De esta manera, el régimen de Porfirio Díaz era el culpable de todo lo malo que ocurría en el país: la pobreza, la falta de justicia, el monopolio de la verdad, el amordazamiento de la opinión pública; siguiendo el razonamiento, los porfiristas envilecieron y degeneraron todo. En tanto, la Revolución devino como acción justa, necesaria e inevitable. Esta visión de la historia en blanco y negro tendría larga vida, ya que perduró hasta hace tres décadas.
La visión “positiva” de la Revolución trajo aparejada la construcción de los nuevos héroes nacionales, inmaculados y dotados de todas las virtudes. A las obras históricas producidas durante la década de la guerra civil debemos la imagen de Aquiles Serdán como héroe excelso, admirable, inmortal y patriota, que llevó su amor por la libertad hasta la abnegación. Por otra parte, Madero era un hombre excepcional que, sin ser militar, fue libertador; nadie como él para electrizar a las masas con la palabra y el ejemplo. Y Carranza fue el líder del constitucionalismo, el Moisés mexicano que elevó para el pueblo las novísimas Tablas de la Ley.
Algunos otros personajes con menos lustre recibieron ayuda para acrecentar su imagen. Es el caso del general Pablo González, a quien la secretaria de Carranza, la famosísima feminista Hermila Galindo, le escribió un libro para exaltar sus virtudes de cara a la elección presidencial de 1920. Justificaba su acción diciendo: “Mis mayores anhelos como mujer mexicana que ama profundamente a su patria […] es que la serenidad, el razonamiento y la pugna entusiasta, pero decorosa, sean la esencia del grandioso movimiento democrático de 1920”.

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Con menos almíbar y mayor realismo, destacamos las páginas del periodista norteamericano John Reed, quien recogió sus andanzas con Pancho Villa en el libro México Insurgente de 1913.
Si al lector común le asombra la diversidad de formas en las que se expresa la historia durante aquellos años, es igualmente de llamar la atención la cantidad de lugares, fuera de México, en donde se producen libros sobre la Revolución. Llegaron historias de San Antonio, Los Ángeles, El Paso y Nueva York, en Estados Unidos; pero también de ciudades como San José de Costa Rica, Barcelona o Madrid en España, y París, Francia. La mayoría de los personajes que produjeron este material eran exiliados políticos como los ya citados Salvador Alvarado y Toribio Esquivel; también el periodista Luis Lara Pardo, quien publicó en Nueva York De Porfirio Díaz a Francisco I. Madero. La sucesión dictatorial de 1911.
Este veloz recorrido de la producción histórica durante los años de la Revolución quedaría incompleto si no referimos la obra del antropólogo Manuel Gamio, Forjando Patria (1916). Si bien es cierto que no se trata propiamente de una obra histórica, aporta argumentos novedosos en áreas como la estética, la antropología y la educación, que la convirtieron en un “programa de acción en beneficio del bienestar nacional”, lo cual le acomodaba muy bien a los gobiernos que asumieron la fase de reconstrucción. No en balde se recomendaba su lectura a los diputados constituyentes reunidos en Querétaro.
En medio de la tolvanera revolucionaria, hubo quien se tomó el tiempo para meditar y describir los hechos del momento. De manera asombrosa, la producción histórica de aquellos años fue abundante y corrió al paralelo de los acontecimientos; muchos autores quedaron en el olvido pero otros se convirtieron en referente luminoso para el estudio del movimiento armado. Así fue como la Revolución narró su propia historia.
Edgar D. Rojano García. Es historiador por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Ha sido becario del INEHRM y acreedor del segundo lugar del Premio Nacional “General Emiliano Zapata” 2004. Autor del libro Las cenizas del zapatismo publicado en 2007 por la Universidad Autónoma del Estado de Morelos. |
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