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Haciendas de México
Ricardo Rendón Garcini

Las haciendas constituyeron un sistema agropecuario de producción vigente por más de 300 años, en torno al cual se estructuró no sólo la vida rural sino también gran parte del desarrollo económico de México. Su historia es compleja y está impregnada de cierta polémica, sobre todo al referirse a sus efectos sociales. Ya es un hecho que no existió “la hacienda” como un arquetipo al cual se identificaron de igual manera todas las de su especie. Si bien es cierto que hubo características generales que les fueron comunes, éstas fueron las menos, ya que el paso del tiempo, las circunstancias históricas, las condiciones geográficas, los tipos de producción, las demandas del mercado, la oferta de mano de obra y el perfil de los dueños, entre otras cosas, les impusieron una enorme variedad de peculiaridades, las cuales suman una larga y azarosa historia, que de algún modo refleja la propia historia nacional, ya que la gestación y desarrollo de las haciendas en México parte de los años inmediatos a la conquista española, recorre el periodo virreinal, todo el primer siglo de vida independiente, llega a las postrimerías del movimiento revolucionario y ve su ocaso en las reformas agrarias de la primera mitad del siglo XX.
Analizar, aunque sea en forma somera, lo que eran las haciendas cerealeras, ganaderas, azucareras, mineras o de beneficio, pulqueras, mezcaleras, henequeras, algodoneras, tropicales, forestales y de otro tipo, es una manera de asomarse al mosaico geográfico de nuestro país y su influencia en las variantes productivas, así como a los efectos que produjeron en las diferentes modalidades arquitectónicas de las haciendas, aun cuando cada una de ellas se haya dedicado a diversos tipos de producción.
Textos e imágenes permiten obtener una virtual reconstrucción de los múltiples espacios que conformaban las haciendas. Los monumentales cascos con sus numerosas edificaciones dedicadas a la habitación, la producción, el almacenamiento, la administración, los servicios, el resguardo y el culto religioso; la compleja infraestructura hidráulica –recurso vital para el logro de los cultivos, las crianzas y los procesos productivos–; las vías de comunicación y transporte –eslabones fundamentales del comercio y termómetros del progreso–, nos hablan de muchas cosas y también nos interpelan sobre otras tantas. Es también una buena oportunidad para comparar estilos, épocas, usos, ambientes, dimensiones, etcétera.
La historia de las haciendas nos asoma también a lo que constituía su motor: los trabajadores. La organización laboral estaba fuertemente jerarquizada formando una pirámide en cuya cúspide se encontraba el propietario de la finca y cuya base estaba sustentada por esclavos y peones acapillados. En medio, un sinnúmero de empleados permanentes y temporales, administradores, mayordomos, capataces, vaqueros, pastores, artesanos, sirvientes, y una gran variedad de trabajadores especializados según los requerimientos de los diferentes tipos de haciendas y denominados de acuerdo con los dictámenes culturales del tiempo y de las regiones.
Poxilá, Yucatán. Un convoy de plataformas sobre vías férreas traslada pencas de henequén, como se hacía cien años atrás..
Ciénega de Mata. Lagos de Moreno, Jalisco. Trojes, silos y caballerizas forman parte importante de la infrestructura de una hacienda de tipo mixto.

Origen de las haciendas

Durante los primeros años de la conquista militar española, los excedentes producidos por las comunidades indígenas bastaron para cubrir, por medio de tributos, los requerimientos alimenticios de los nuevos colonizadores. Pero una vez establecido el predominio de los conquistadores, surgió la necesidad de satisfacer tales abastos y el de otros bienes de consumo, de manera permanente, así como el deseo de obtener los ingresos y servicios señoriales que les aseguraran una categoría aristocrática a la que se sentían con derecho como recompensa por su labor de conquista.
En 1522, el propio Hernán Cortés cumplió con estas exigencias de ingresos y de prestigio, implantando en la Nueva España, sin pleno consentimiento de la Corona castellana, una institución ya empleada en las islas del Caribe con la llegada de Colón: la encomienda. Por medio de ésta, la Corona aceptó ceder parte de los tributos de los pueblos indios a algunos de sus más destacados soldados, como premio a su labor en la empresa de conquista, y como una forma de empezar a arraigar a los nuevos colonizadores. Un ejemplo de encomienda que derivó en un conjunto de haciendas fue la del Marquesado del Valle de Oaxaca, propiedad de Hernán Cortés y sus herederos.
De manera paralela a la encomienda, surgió, aunque con una vida mucho más prolongada, la forma legal de adquirir la tierra: la merced real. Las tierras descubiertas y conquistadas por los españoles pasaban automáticamente a ser propiedad de la Corona, excepto aquellas de la nobleza y de los pueblos de indios a los que se les respetó su legítimo derecho de pertenencia. De ahí que sólo fuera posible obtener los derechos legales de propiedad mediante una concesión o merced real, ya fuera para tierras como para aguas; y a este trámite también estaban sujetos los encomenderos. Desde 1523, la Corona otorgó gratuitamente las primeras mercedes a los conquistadores distinguidos. Los españoles y los indios que recibían una merced de tierra quedaban comprometidos, so pena de perderla y pagar una multa, a empezar, antes de un año, a cultivarla o explotarla para la crianza de ganado, a poblarla, a no ponerla en venta antes de cuatro años y a nunca venderla a las órdenes religiosas ni a los clérigos. Por supuesto que en la realidad no siempre se cumplieron estas disposiciones, por lo que el mercado y la especulación de tierras fue intenso desde el principio, propiciando un imparable latifundismo. Éste se desarrolló con más facilidad en aquellas regiones de la Nueva España que estaban menos pobladas, como las del norte.

 

Saldaña, Zacatecas.
Los antiquísimos molinos de piedra circular movidos por hombres o por bestias funcionaron durante centurias.

Caracterización de las haciendas

Las haciendas no surgieron en un momento dado o en una fecha específica. Tampoco fue un sistema de producción preconcebido teóricamente, al cual se le diera existencia práctica a partir de un decreto legal. Las haciendas fueron tomando forma a partir de una serie de circunstancias históricas, de la conjunción de varios instrumentos legales y como respuesta a una variedad de necesidades, principalmente alimentarias, de la sociedad novohispana. Transcurrió un largo lapso, casi de cien años, entre el momento en que se dieron las primeras condiciones –entre ellas la conquista misma– y el tiempo en que acabaron de articularse en una misma unidad los demás elementos de lo que posteriormente se conocería como hacienda. Los ritmos en que fueron conjuntándose los diferentes factores, así como los momentos en que las haciendas ya estaban constituidas como tales, fueron variables en las distintas regiones del territorio nacional, debido a las igualmente variables características geográficas, productivas, demográficas y de colonización.
Sin embargo, hubo elementos comunes, gracias a los cuales es posible hablar de haciendas como un género. La hacienda era una propiedad cuya actividad económica se realizaba dentro del sector agrario, con diversificaciones en la agricultura, la ganadería, la extracción, la manufactura y el comercio. Tenía un acceso estable a la tierra, al agua, a la fuerza de trabajo y a los sistemas comerciales. Poseía una amplia infraestructura material –concentrada en su mayor parte dentro de una sección de la hacienda conocida como “casco”– destinada a la producción, la administración, el almacenamiento, la vivienda, la comunicación y a los servicios religiosos, todo lo cual le proporcionaba una relativa autonomía económica y social. Tenía una organización laboral de cierta complejidad, compuesta por los trabajadores eventuales y los permanentes.
A partir de esas características fundamentales se desarrollaban otras –secundarias– que proporcionaban las diferencias en las tipificaciones de las haciendas. Entre ellas están la clase y los volúmenes de producción; la ubicación geográfica y los modos de acceso a los recursos naturales; la amplitud de su mercado y las respuestas a las variaciones en la demanda de los productos y sus precios; el origen de los capitales invertidos y el destino de las ganancias; la adquisición y el manejo de los créditos financieros; el nivel de rentabilidad como unidad productiva; la existencia de terrenos dados en arrendamiento y en aparcería; el grado de autosuficiencia; la capacidad de reclutamiento y de retención de la mano de obra; el nivel de complejidad en la organización laboral y las relaciones de trabajo; las dimensiones y el valor de la propiedad y su infraestructura material; la capacidad de almacenamiento y del manejo de los excedentes; la vinculación de los dueños con redes familiares, clientelistas o institucionales; la periodicidad y las causas en el cambio de propietarios, y el desarrollo de las técnicas de explotación, producción, manufactura y transporte.

 

  Tabi. Oxkutzcab, Yucatán. Solariegas terrazas que vieron pasar los triunfos y derrotas de una “casta divina”.

Periodo de consolidación y apogeo

La consolidación y el primer apogeo de las haciendas transcurrió entre mediados del siglo XVII y el final de la etapa colonial. Durante ese tiempo, gran parte de la organización económica y social del país, y no sólo del sector agrario, giró en torno de las haciendas, constituyendo toda una forma de vida que integraba elementos rurales y urbanos, individuales y colectivos, civiles y religiosos. No obstante este lugar hegemónico que alcanzaron y que las llevó a su primera etapa de apogeo, las haciendas nunca dominaron del todo a las comunidades indígenas, ni tampoco dejaron de pasar por momentos críticos, aunque éstos jamás pusieron en peligro el sistema como tal.
Con el régimen de Porfirio Díaz, las haciendas vivieron su último apogeo al conjuntarse una serie de factores económicos, políticos y sociales que fueron muy favorables a su desarrollo. Durante esa época, la población creció considerablemente y por ende, también la demanda de productos y la oferta de la mano de obra. La febril multiplicación de vías ferrocarrileras permitió que el transporte de las mercancías fuera más rápido, más distante y de mayor volumen, a la vez que amplió el alcance de los mercados, que de regionales pasaron a nacionales e internacionales. Mejoró la fuerza motriz con la introducción de la electricidad y las comunicaciones con el tendido de líneas telegráficas y telefónicas; y de éstas, así como de las del ferrocarril, los hacendados fueron usufructuarios, pero también muchos se colocaron como dueños o accionistas. Creció como nunca antes la demanda mundial de productos tropicales, como el café, el azúcar, el henequén y las maderas preciosas. Fueron abolidas las alcabalas que establecían impuestos al traslado de los productos, reduciendo su costo comercial. Hubo un incremento en la inversión de capitales foráneos en el sector agrario, y algunos extranjeros se convirtieron en prósperos hacendados. Se importaron maquinaria, animales, semillas y tecnología agrícola, con lo que se amplió para muchas haciendas la posibilidad de mejorar sus niveles de productividad y rentabilidad. Se multiplicó el número de bancos, aumentó el dinero circulante y se reabrieron las líneas de crédito financiero.

Yaxcopoil. Umán, Yucatán. Construcciones que parecen seguir la línea horizontal que caracteriza la región, apenas rota por alguna esporádica chimenea.

Haciendas mixtas

En realidad, muy pocas haciendas fueron monoproductoras de modo absoluto, pues aun aquellas que realizaban alguna actividad de manera predominante, procuraron reservar algunos espacios para hacer cultivos básicos, sobre todo de maíz, que por lo menos les permitieran garantizar su autoabasto. También hubo haciendas que transitaron de una especialidad a otra de acuerdo con las demandas del mercado, los cambios en las costumbres alimentarias, los procesos de industrialización y otros factores históricos.
No fueron pocas las haciendas que combinaron simultáneamente, con un cierto equilibrio cualitativo, más de una actividad productiva. A éstas se les podría denominar “haciendas mixtas”, mejor que “especializadas”. Las más comunes entre ellas fueron las que se dedicaron al mismo tiempo a la cría de ganado y al cultivo de cereales, frutos, legumbres y hortalizas. Se ubicaban, sobre todo, en el altiplano central del país y en especial en zonas del Bajío, aunque no faltaron en la región norteña. Con frecuencia pertenecieron a órdenes religiosas, ya que éstas requerían de una gran variedad de productos para sostener sus conventos, colegios y hospitales.



Los espinos. Zamora,
Michoacán. En todas las haciendas cerealeras había ganado, al menos para satisfacer el autoabasto y las necesidades de trabajo.


Xcanchacán, Yucatán.
Las henequeneras fueron las que más recurrieron al uso de trenes de vía angosta, llamados “decauville”.
 

Haciendas cerealeras

Estas haciendas tienen su antecedente más directo en las unidades productivas denominadas “labores”, creadas al inicio del periodo colonial. Bajo la denominación de cerealeras se encuentran las haciendas que especialmente producían maíz, trigo y cebada; esta última era cultivada para la manutención de los animales, aunque desde finales del siglo XIX también se desarrolló un tipo especial de cebada destinada a la elaboración de cerveza. El maíz siempre fue el de mayor producción por constituir la base alimentaria de la población mexicana desde la época prehispánica.
Una de las regiones con mayor número de haciendas cerealeras fue el Valle de México y sus alrededores, no sólo porque el clima y los terrenos eran favorables, sino también porque ahí se concentraba la mayor parte de la población, primero la indígena y después la española y la mestiza. El valle de Atlixco también ocupó un importante lugar en este rubro, a partir de la fundación y el desarrollo de la ciudad de Puebla de los Ángeles.

Haciendas ganaderas

El ganado mayor y menor que trajeron los españoles con la conquista pronto tuvo una rápida expansión y una amplia aceptación por parte de la población nativa, hasta llegar a convertirse en un recurso muy importante de la economía novohispana. Particularmente las ovejas, las cabras y los cerdos fueron integrados a la vida de los pueblos indios, aunque también los bueyes, burros y mulos se hicieron de empleo común en las labores agrícolas de los campesinos mexicanos.
Las llamadas haciendas ganaderas eran aquellas que tenían como actividad principal dominante la crianza del ganado y la elaboración de sus derivados. Éstas haciendas eran las que surtían de animales en pie a las otras fincas rurales, a las minas y a los arrieros, aunque estos últimos disminuyeron considerablemente con la llegada de los ferrocarriles.

Haciendas azucareras

El cultivo de la caña de azúcar fue llevado a la península ibérica por los árabes cuando éstos la conquistaron en el siglo VIII. Siete siglos más tarde, los españoles lo trajeron a América y de las Antillas fue importado a la Nueva España. A partir del siglo XVI su expansión mundial fue rápida debido a que otras potencias europeas también lo implantaron en sus propias colonias, iniciándose así la industrialización del azúcar y su surgimiento como uno de los productos más importantes a nivel mundial. De las producciones que se desarrollaron en México, la del azúcar fue, quizá, la más vinculada al sistema colonialista.
Las primeras grandes plantaciones azucareras se dieron en la región de Cuernavaca-Cuautla, que en los inicios del periodo virreinal pertenecía al Marquesado de Hernán Cortés y a otros destacados conquistadores. Lo favorable del clima, la buena calidad de los suelos y la abundancia de agua, así como el poder que tenían sus propietarios, posibilitaron la temprana consolidación de aquellas unidades productivas. De hecho, fueron las azucareras las primeras haciendas en conformarse como tales, en las postrimerías del siglo XVI. Más tarde también se desarrollaron importantes haciendas azucareras en algunas zonas de Veracruz, Puebla, Michoacán y Yucatán, llegando a sumar un total cercano a 1,600 para inicios del siglo XX.

Saldaña, Zacatecas. Entre los 250 tipos de agaves que existen se encuentran los usados para producir el pulque y el tequila.  
Chiconcuac. Xochitepec, Morelos. La influencia conventual aparece en los más antiguos edificios de este casco cañero.

Haciendas mineras o de beneficio

El vehemente deseo de los conquistadores hispanos por encontrar en México metales preciosos originó una rápida y amplia búsqueda de los mismos por diferentes zonas del territorio. En muy corto tiempo, la minería se convirtió en la actividad económica más importante de la Nueva España, llegando en el siglo XVIII a su mayor auge. A lo largo del periodo colonial, inmensas fortunas –como las de Pedro Romero de Terreros y José de la Borda– fueron amasadas con base en las minas, y enormes cantidades de plata se entregaron a la Real Hacienda y salieron rumbo a la metrópoli.
En las haciendas mineras, además de realizar las actividades comunes a las cerealeras y ganaderas, se llevaba a cabo una tarea muy peculiar que era la del “beneficio” de los metales; de ahí que también sean conocidas como haciendas de beneficio. Después de que eran extraídos los metales en bruto de los socavones y de que se hacía en el exterior una primera selección, se transportaban a las haciendas para refinarlos o beneficiarlos mediante los sistemas de fundición o de amalgamación. El primero se realizaba mediante hornos especiales ahí instalados y se destinaba de preferencia a los metales de alta ley. El segundo era para los que contenían una cantidad de plata baja.

Haciendas pulqueras y mezcaleras

Debido a que el pulque era una bebida tradicional consumida excesivamente por los indígenas desde la época prehispánica, su producción se mantuvo por largo tiempo sólo en sus manos. No fue sino hasta la primera mitad del siglo XVIII cuando algunos españoles, por medio de sus haciendas, empezaron a dedicarse al cultivo extensivo del maguey y a la elaboración del pulque. De ahí que las haciendas pulqueras hayan sido, dentro del periodo colonial, las últimas en agregarse al sistema.
Las plantaciones de maguey pulquero se desarrollaron en una región bastante limitada, que era una especie de corredor natural que iba desde la parte oriental de Puebla, cruzaba por el norte de Tlaxcala, continuaba por la zona sur del actual estado de Hidalgo y norte del Estado de México, y terminaba en el sur de Querétaro.
Las haciendas mezcaleras, como tales, no existieron en la época colonial, pues en la Nueva España estaba prohibida la producción de bebidas destiladas, derivadas de la caña de azúcar y del agave mezcalero, y sólo se permitía consumir el alcohol y los aguardientes importados. Esto no impidió que hubiera fábricas clandestinas que los elaboraban en grandes cantidades, pero que, en apariencia, no se ubicaban dentro de las haciendas. Ya en el siglo XIX, las haciendas mezcaleras se desarrollaron principalmente en algunas zonas del Bajío y de los actuales estados de Jalisco, Guerrero y Oaxaca.

Haciendas henequeras

El agave henequenero es originario de la península de Yucatán, en donde fue cultivado desde la época prehispánica con objeto de extraer de sus pencas fibras para múltiples usos. Durante todo el periodo colonial, los indígenas mayas continuaron con esta explotación pero de manera doméstica y en cantidad limitada, mientras que las haciendas de esa región lo hicieron muy marginalmente y casi sólo para consumo interno, pues su producción dominante estaba entonces en el maíz y la ganadería.
No fue sino hasta los años treinta del siglo XIX cuando este agave empezó a ser sembrado en forma masiva y regular en las haciendas del noroeste yucateco, para obtener cantidades de fibra en gran escala. Luego, a partir de la década de los sesenta, la producción de henequén se industrializó al ser inventada por un mexicano la máquina desfibradora, y al introducirse el uso del vapor como fuerza motriz. Finalmente, vinieron los ferrocarriles, que en Yucatán tuvieron un crecimiento muy considerable, pues ahí se concentró el 78 por ciento de las vías férreas rurales de todo el país. De esta manera, las haciendas henequeras fueron las primeras en México en entrar a la era de la modernización y la mecanización agroindustrial.



Agua Nueva. Chihuahua, Chihuahua
. Iglesia ausente de barroquismos, más identificada con el espíritu misionero de la zona norteña.

Haciendas algodoneras

El algodón ya era usado por los indígenas mesoamericanos para confeccionar prendas de vestir, petos defensivos y como artículo de tributación, antes de que llegaran los conquistadores españoles. Sin embargo, su cultivo fue muy limitado durante casi todo el periodo virreinal y su producción en gran escala no se dio sino hasta el siglo XIX. Hacia mediados de esa centuria, se producía algodón en algunas zonas de lo que hoy corresponde a los estados de Michoacán, Veracruz y Guerrero, pero la región que llegaría a ser su principal centro productor fue La Laguna, al norte del territorio nacional.
Para finales de la época colonial, la comarca lagunera estaba ocupada por enormes latifundios. El mayor de ellos, el Marquesado de Aguayo, llegó a reunir cinco millones de hectáreas en una sola propiedad. Después de la guerra de Independencia, estas grandes propiedades rurales sufrieron diversos fraccionamientos y varios cambios de dueños.

Haciendas tropicales y forestales

El cacao, el tabaco y el café también fueron productos cultivados en algunas haciendas, aunque el número de éstas y sus volúmenes de producción fueron, en términos generales, menores en comparación con los que se dieron en las otras haciendas. De cualquier modo, estos productos ocuparon un lugar predominante dentro de la estrategia productiva y mercantil de las unidades agrícolas que se dedicaron a ellos, aunque los hayan combinado para efectos de autoabasto, con otros cultivos o con la cría de ganado. Asimismo, las haciendas cacaoteras, tabacaleras y cafetaleras también jugaron un papel de gran importancia dentro de las regiones en donde se desarrollaron y que básicamente fueron las de clima tropical costero.

Principales elementos constructivos

Las características y dimensiones de los diferentes espacios constructivos que existían en las haciendas guardaban una estrecha relación con el grado de desarrollo alcanzado por cada una de ellas, el tipo y los volúmenes de producción dominante al que estaban destinadas, el periodo histórico en que surgieron o en el que llegaron a su auge, los avances tecnológicos introducidos, el nivel de fortuna que tenían los propietarios y las finalidades que éstos perseguían con sus respectivas unidades productivas.
El casco estaba conformado por una serie de construcciones con destinos diferentes y de dimensiones variadas. Aun cuando la mayoría de las veces en él se llevaba a cabo sólo una parte del proceso productivo, constituía el corazón de la hacienda, pues ahí también se concentraban la residencia del dueño y de los trabajadores, las funciones administrativas y de servicio, así como el almacenamiento de las cosechas, los implementos para la producción y los animales de trabajo. El casco resumía y simbolizaba el grado de prestigio y de poder alcanzado por el propietario de la hacienda.
La casa grande era la residencia del dueño de la hacienda, su familia y sus frecuentes y numerosos invitados. Si el casco refleja el poder del hacendado, su residencia debía ser la perla más preciada de esa corona.
Conforme las haciendas fueron requiriendo más mano de obra permanente, fue necesario construir lugares donde los trabajadores pudieran quedarse a vivir dentro de la finca. Así nacieron las llamadas calpanerías o casillas, por sus pequeñas dimensiones.
Además del oratorio o pequeña capilla que algunas casas grandes tenían en su interior, todas las haciendas construyeron una iglesia dentro de los límites del caso, generalmente a un costado de la residencia de los dueños.
Algunas haciendas contaban con fuentes naturales de agua dentro de sus terrenos, como arroyos o manantiales, pero otras tenían que obtenerla de lugares externos a ella o al menos no situados cerca de sus campos de cultivo. Para ese propósito realizaron obras de conducción de diferentes clases, con el común denominador de que estaban en declive constante para lograr la circulación del agua por medio de la gravedad.
Para guardar los granos y forrajes cosechados se edificaron diferentes tipos de almacenes que recibieron nombres diversos: silos, graneros, espigueros y pajares.

La crisis final

Si el proceso de formación del sistema de las haciendas fue prolongado, el de su disolución no lo fue menos. Sus casi 300 años de existencia habían creado raíces muy vastas y profundas en el desarrollo económico y social de México. Pero aun así, las haciendas por sí mismas no fueron causa única, y mucho menos principal, de la revolución armada que estalló en 1910. La mexicana no fue una revolución exclusivamente agraria, aunque algunos de sus más importantes caudillos hayan tenido ese objetivo como su principal bandera.

Chiconcuac. Xochitepec, Morelos. Todo el ambiente colonial en esta cocina.
El mortero. Súchil, Durango. Enorme patio interior que bien podría pasar por el de un colegio virreinal.

La tímida postura agrarista de Madero fue rebasada con creces por la de Zapata. Éste exigió la devolución de tierras que, pertenecientes a los pueblos, habían sido tomadas ilegalmente por las haciendas, además de la entrega incondicional de fracciones de los latifundios para dotar de ejidos a los campesinos sin tierra. En las zonas del centro-sur, donde los ejércitos zapatistas dominaron militarmente, muy pocas haciendas quedaron en pie, pues fueron invadidas, expropiadas y repartidas. Fuera de ahí, las demás haciendas del país se mantuvieron bastante enteras.
En enero de 1915, Carranza promulgó una ley agraria que ordenó en tiempo y forma la restitución y dotación de tierras, pero reservó su final aprobación al Poder Ejecutivo. Con base en la Constitución de 1917, los siguientes gobiernos repartieron varios millones de hectáreas de tierras para ejidos, pero aun así, una enorme cantidad de haciendas en gran parte del país continuaba sin perder su integridad territorial. No fue sino hasta la década de los treinta cuando en realidad la reforma agraria se llevó a fondo. Los agraristas invadieron y saquearon haciendas y esta vez no hubo marcha atrás. El gobierno federal dictaminó la destrucción total de las grandes propiedades rurales.
El sistema de haciendas había muerto y los hacendados habían sido desarticulados como grupo de poder. Como testimonio de la otrora pujanza que alcanzaron aquellos centros de producción agropecuaria, sobrevivieron algunos cascos, retenidos por sus propietarios y sus descendientes, o por nuevos dueños, amantes de la vida rural.

Ricardo Rendón Garcini.
Es autor del libro Haciendas de México, editado por Fomento Cultural Banamex.
Agradecemos el apoyo y las facilidades otorgadas por Fomento Cultural Banamex.


La actividad editorial ha sido un pilar que sustenta la misión de Fomento Cultural Banamex desde sus orígenes. Fue pionero en establecer la elaboración anual de una edición por encargo del Banco a la que se llamó “libro del año”, mecanismo que ha permitido la continuidad del trabajo editorial de la asociación para rescatar y difundir la memoria cultural de México. Edita y promueve publicaciones que difunden la cultura y el arte nacional y universal. Su programa editorial hace énfasis en tres géneros: libros, catálogos y folletos referentes a las muestras, además de múltiples impresos de promoción sobre los proyectos de la asociación. Como labor adicional, se realizan coediciones y se brinda apoyo al trabajo editorial de otras entidades culturales y empresas. Además, se llevan a cabo reimpresiones cuando la importancia del título lo amerita, o la demanda del mercado editorial lo exige, tal es el caso del libro Haciendas de México, que se reimprimió por sexta vez a principios de 2009.

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