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Rodrigo Moreno Gutiérrez
Las fiestas patrias son ocasiones propicias para la exaltación de todo aquello que se asume como genuinamente nacional y que, a la par que nos identifica como comunidad, nos hace diferentes del resto de los pueblos. Sin embargo, como toda festividad que se precie de serlo, la celebración patriótica no da margen a la reflexión. Aunque “el Grito” tenga un sentido histórico, no suele pasar de las consabidas alusiones a algunos personajes y a una retahíla de lugares comunes que apuntan, todos ellos, a “lo auténtico”, “lo nuestro”. La propuesta de las siguientes líneas estriba en abandonar por un momento el espíritu festivo y tratar de entender el intrincado y fascinante proceso histórico que dio lugar a eso que hoy día llamamos con enorme comodidad, simple y llanamente, La Independencia.
Para echar a andar el pensamiento es recomendable cuestionarnos temas que damos por sentados, cuestiones en las que creemos sin necesidad siquiera de dudar acerca de su naturaleza, de su constitución o de su origen. Pues bien, ¿qué es México? ¿Es acaso una entidad inalterable y perenne? La pregunta no es tan trivial como podría aparentar: cuando hablamos de “la Independencia de México” estamos aceptando de manera implícita que México existía con anterioridad a ese conflicto que consistió (bajo esta perspectiva) precisamente en su liberación, en el fin del dominio impuesto por una potencia extranjera. Ésta es la esencia de la interpretación que debemos cuestionar para adentrarnos en la comprensión de una realidad pasada.

José Luis Soto. Mural del Grito. En el Museo Nacional de la Independencia, Dolores Hidalgo, Guanajuato.
Mapa de Nueva España, Nueva Galicia y Guatemala 1673.

México no era, tal cual, la Nueva España, y la Nueva España no era, en ningún sentido, una nación. La Nueva España era un enmarañado cúmulo de jurisdicciones superpuestas y sin límites precisos que formaba parte de un complejo político (la Monarquía española) encabezado por el rey de España. Ese rompecabezas desbordado en tres continentes entró al siglo XIX arrastrando una grave crisis económica ocasionada, en buena medida, por las derrotas sufridas en numerosas y prolongadas guerras europeas. Sin embargo, la situación se recrudeció y se transformó en una inusitada crisis política en 1808. Napoleón Bonaparte, que dominaba la geopolítica europea, aprovechó una serie de intrigas palaciegas ocurridas en el seno de la familia real española para tomar control de la Península Ibérica. Con la aparente intención de ayudar a resolver sus diferencias, el emperador de los franceses invitó a Bayona a Carlos IV y a su hijo Fernando (que luego de un motín había sido proclamado rey Fernando VII). Una vez en territorio francés, los Borbones españoles fueron obligados, mediante turbias negociaciones, a abdicar en favor del propio Napoleón quien, a su vez, coronó a su hermano, José Bonaparte, como rey de España e Indias. De esta manera, los ejércitos napoleónicos que previamente y con la autorización de la corona habían penetrado en territorio español con el objetivo de someter a Portugal, se convirtieron en tropas de ocupación permanente. Con la incómoda presencia de las tropas francesas en numerosas ciudades españolas, la noticia de las abdicaciones fue rechazada por una amplia mayoría de la sociedad española.

  Jacques-Louis David, Napoleon Crossing the Alps, 1801.

Al calor de violentos levantamientos populares como el ocurrido en Madrid el 2 de mayo, los españoles comenzaron a organizar la resistencia política en defensa del que se tenía por rey legítimo: Fernando VII. De manera simultánea y relativamente espontánea los vecinos principales y las autoridades locales establecieron juntas regionales que buscaban hacer frente al francés.
El recuento de las dramáticas novedades suscitadas en la metrópoli fue arribando con lentitud y retraso a las costas americanas. Aunque en la práctica nada se había alterado en el gobierno de los dominios españoles en América, la crisis de la monarquía generó alarma. A imitación de lo que sucedía en la Península, entre 1808 y 1810 surgieron juntas a veces consultivas y otras tantas verdaderamente gubernativas, constituidas por autoridades virreinales, municipales y notables de las localidades. Con sorprendente similitud en los términos y en las argumentaciones, lo mismo en Caracas que en La Paz, en Quito o en Montevideo, estas juntas buscaban llenar el aparente vacío de poder originado por la prisión de Fernando VII y, de esta forma, gobernar sus respectivas provincias en nombre del rey cautivo.
Goya. Fernando VII.
































Mural en la Presidencia
Municipal de Dolores Hidalgo, Guanajuato.
Nueva España no fue la excepción. El arribo de las noticias peninsulares ocasionó que, en el verano de 1808, un grupo de españoles americanos organizados en torno al Ayuntamiento de la Ciudad de México propusiera al virrey José de Iturrigaray la instauración de una junta que se encargara de dirigir los destinos del virreinato. Dicha propuesta fue mal vista por otro grupo que, compuesto fundamentalmente por españoles europeos y vinculado a la Audiencia de México, entendía que eran las instituciones ya establecidas las que debían hacer frente a la crisis política, sin necesidad de nuevos organismos. Acalorados debates fueron inclinando la balanza en favor de la propuesta juntista. Incluso, llegaron a celebrarse cuatro reuniones preparatorias en las que se discutió la forma en que debía convocarse al resto de las ciudades y corporaciones del reino para integrar esa suerte de congreso de la Nueva España.
En vista de que el virrey no ponía obstáculos a la marcha de la iniciativa americana, sino todo lo contrario, el partido opuesto decidió cortar de tajo el inminente avance juntista mediante un golpe de estado. Un grupo de comerciantes tomó preso al virrey Iturrigaray y a los principales promotores de la junta la noche del 15 de septiembre de 1808 y al día siguiente la Audiencia avaló la acción nombrando un nuevo virrey. Así, una acción violenta clausuró la posibilidad de desahogar por la vía institucional las inquietudes políticas de varios súbditos que se vieron obligados a actuar, desde ese momento, en la clandestinidad.
Mientras que, por una parte, en la Península las juntas regionales se coordinaban en una Junta Central que debía organizar la resistencia y, por otra, algunas de las juntas americanas comenzaban a coquetear con opciones cada vez más revolucionarias, en la Nueva España pululaban las intrigas en contra del gobierno golpista de la Ciudad de México. Una de esas conspiraciones fue descubierta en Querétaro en 1810 y para evitar su captura, algunos de los involucrados decidieron adelantar sus planes. Uno de ellos en particular, el cura del pueblo de Dolores, Miguel Hidalgo y Costilla, incitó a su comunidad a impedir que el reino de la Nueva España fuera entregado a los franceses, temor generalizado en ese momento. El llamado pronto se convirtió en una insólita rebelión masiva de dimensiones sorprendentes. Alcanzó tal magnitud que abrigó una serie de intenciones a veces vagas e incluso contradictorias. En todo caso, se trató de un levantamiento difícil de unificar y de controlar, relampagueante y fugaz (apenas seis meses) que hirió de muerte al gobierno virreinal.


El mundo hispánico en su totalidad era escenario de una auténtica revolución política. En todas partes aparecían formaciones políticas de nuevo cuño que interpretaban la crisis a su manera y ofrecían respuestas particulares. Muchas de las juntas daban paso a congresos que proclamaban constituciones. El caso más emblemático fue el de la propia metrópoli. En la medida en que la Junta Central fracasó en la resistencia antinapoleónica, dejó su lugar a un congreso (Cortes) que, arrinconado en Cádiz, incorporó por primera vez representantes de todos los dominios españoles. Así, muchos americanos electos en sus provincias formaron parte de este esfuerzo que buscó transformar la Monarquía española en una nación moderna, esfuerzo que se cristalizó en la Constitución de 1812.
En la Nueva España también se vivió esta vorágine transformadora. Si la Constitución de Cádiz ordenaba, por ejemplo, la conformación de nuevas instancias de gobierno representativo y declaraba la libertad de imprenta; la dispersa insurgencia, a su vez, se reorganizaba en una Junta Nacional y luego en un Congreso que también proclamaba una Constitución decretando la libertad de la América Mexicana y desconociendo al gobierno metropolitano. Militarmente, y de la mano de José María Morelos, los insurrectos continuaban poniendo en jaque al gobierno virreinal, sobre todo en los rumbos del sur. Todo volvería a cambiar de aspecto, empero, entre 1814 y 1815: Napoleón permitió el regreso de Fernando VII a su trono y éste, como rey absoluto, desconoció la Constitución liberal, al tiempo que en Nueva España caía Morelos y con él buena parte del impulso insurgente. Incluso, considerables porciones sudamericanas eran reconquistadas mediante expediciones militares.
Acta de Independencia del Imperio Mexicano, cuyo original esta bajo custodia del Archivo General de la Nación.  
Fue otra transformación política de la Península Ibérica la que volvió a abrir las puertas del separatismo americano. En 1820 un pronunciamiento militar fomentado por conspiraciones liberales obligó al rey a restablecer la Constitución de Cádiz. Una nueva euforia constitucional cobró brío en la Nueva España. Sin embargo, fue el deseo independentista el que hizo coincidir a los grupos más dispares (desde los contrarios a la Constitución conocidos como “serviles” hasta los pocos insurgentes aún en armas). Un sencillo proyecto encabezado por Agustín de Iturbide logró aglutinar grupos e intereses mediante ofrecimientos concretos. Así, a través de negociaciones con los principales de las ciudades y no tanto con las armas, se firmó en 1821 el Acta de Independencia del Imperio Mexicano. No tardarían en aflorar las muchas contradicciones del efímero pacto con el que nació aquel estado independiente.
La Independencia fue mucho más que un grito. No fue una sola sino muchas independencias relativas. Se trató, en realidad, de un proceso histórico de enormes proporciones con dos ejes fundamentales: la desintegración de la monarquía española y la lenta construcción de los estados nacionales. En sus fascinantes e inagotables ambigüedades se encuentran las claves de la política moderna.


Rodrigo Moreno Gutiérrez. Es profesor por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, donde también cursa el doctorado en Historia. Su investigación aborda la cultura política durante la consumación de la Independencia de México.
   

Semos muchos,
pero semos los mismos

La Revolución Mexicana
David Guerrero Flores

 
 

“Semos muchos, pero semos los mismos”. Con estas palabras definía un general a los participantes de la Convención de Aguascalientes en el otoño de 1914. Expresión simple de un hombre rústico que muestra la percepción popular de uno de los grandes acontecimientos que modelaron la historia de nuestro país.
El capítulo de la Revolución Mexicana envuelve al conjunto de revueltas, levantamientos e insurrecciones que tuvieron lugar en el decenio de 1910. Contestataria, popular, burguesa, rural, democrática, interrumpida, multidimensional, multifacética, demoledora, intervenida, contradictoria e inaugural del México contemporáneo. En sus múltiples rostros fue la manifestación del cambio frente a la dictadura, la corrupción política, el malestar, la injusticia y la opresión. Los grupos sociales que participaron en ella se sintieron alentados por la expectativa de participación democrática, pero también por la recuperación de las tierras de labor, la mejora en sus condiciones de vida y la batalla por los derechos elementales del trabajo obrero.
La Revolución vino del norte. Desde los estados fronterizos de Chihuahua, Sonora y Coahuila se organizó y pertrechó para vencer al ejército federal y consolidar el avance hasta el corazón del país. El norte despertó con energía para conquistar el poder del centro. Pero esto no fue todo. Desde un epicentro distinto, la Revolución encarnó la acción del México rural, indígena, comunitario y pueblerino, amalgamado por la lucha campesina de los zapatistas y de multitud de rancheros en todo el país. A su vez, hubo estados y extensos territorios en Baja California, Oaxaca, Chiapas, Yucatán y Quintana Roo, donde las poblaciones rurales se mantuvieron en relativa calma y más bien fueron revolucionadas antes que revolucionarias.

Fragmento del mural pintado por Roberto Rodríguez Navarro (1987), en el que se hace referencia a la historia de la Delegación Tlalpan.
 


A contracorriente del armonioso panteón de los héroes de aquella épica, la familia revolucionaria nunca existió como tal. Pancho Villa y Emiliano Zapata fueron calificados durante muchos años como forajidos, maleantes y perturbadores del orden social. En los años broncos de 1910, un extraño y controvertido elenco se conjugó y sucedió con la celeridad propia de las revoluciones. Porfirio Díaz, que en la mocedad y la juventud combatió a los norteamericanos de la guerra del 47, a los conservadores de la guerra de Reforma y al imperio de Maximiliano, fue un presidente hábil que consolidó la estabilidad política y el adelanto material del país a lo largo de tres décadas, pero en 1910 era un hombre de 80 años que no supo entender las implicaciones de las demandas de participación democrática de las clases medias y tampoco el malestar de las masas campesinas y obreras.
En tanto, Francisco I. Madero provenía de una de las familias más acaudaladas de México. Era un ferviente promotor de la democracia, pero decantó en un político sin la habilidad suficiente para hacer frente a la reacción conservadora y al tigre que liberó en 1910. En otro extremo, Francisco Villa, de origen ranchero, fue prófugo de la justicia, bandido, cuatrero y salteador, pero con la habilidad, el carisma y el talento innato de un auténtico jefe de armas. De raíces profundas, Emiliano Zapata, defendió la restitución de las tierras comunales, fue calpulelque o presidente de la junta de defensa de las tierras de Anenecuilco, comerciante de caballos y tuvo el conocimiento elemental de las letras, el liderazgo y el arrastre para canalizar el descontento de las comunidades morelenses despojadas de sus tierras por las haciendas dedicadas al cultivo de la caña de azúcar.

La Revolución encarnó la acción del México rural, indígena, comunitario y pueblerino, amalgamado por la lucha campesina.
 
La Junta Revolucionaria.
1. Francisco Villa,
2. Gustavo Madero,
3. Francisco Madero (sr.),
4. Raúl Madero,
5. Federico González Garza,
6. Abraham Oros,
7. Juan Sánchez Azcona, 8. Alfonso Madero,
9. Venustiano Carranza, 10. Francisco Vázquez Gómez,
11. Francisco I. Madero, 12 Abraham González,
13. José María Maitorena, 14. Guadalupe González, 15. Pascual Orozco.

Venustiano Carranza fue un político de corte porfirista, tenaz e inflexible en su concepto de mando, de poder político y del orden constitucional, quizá el único estadista de la época. Bernardo Reyes, Victoriano Huerta y Felipe Ángeles fueron consumados militares de carrera. Álvaro Obregón, un agricultor independiente; Plutarco Elías Calles, profesor de primaria; Pascual Orozco, arriero y comerciante. Como ellos, un largo etcétera donde se combinan hacendados, profesionistas, intelectuales, mineros, comerciantes, tenderos, periodistas, artesanos, obreros, campesinos, indígenas y extranjeros. Cada uno imprimiendo su sello mediante acciones, aspiraciones y propuestas.
Desde otro ámbito, no se trató de una revolución protagonizada solamente por hombres. En muchos sentidos fue la última guerra de movilidad tradicional, una auténtica migración de pueblos, ya que a los soldados se agregaban las mujeres, propias o raptadas, con su racimo de escuincles, críos de todas las edades, desde los pequeños de brazos y rebozo, hasta los muchachitos que ayudaban con el acarreo de agua y de leña, el cuidado de las monturas y el espionaje en las poblaciones ocupadas.



  Francisco I. Madero era un ferviente promotor de la democracia, pero sin la habilidad suficiente para hacer frente al tigre que liberó en 1910.

 

La Revolución en su cotidianidad quedó coloreada por el desplazamiento, el campamento móvil, los vagones de ferrocarril, la infesta de piojos y pulgas, la embriaguez y la promiscuidad de quienes se sabían conscientes de arriesgar y perder la vida en un instante. La contienda armada recorrió el país en todas sus latitudes. Los campos y las ciudades padecieron sus embates, la carestía y el desfile de los ejércitos.

Artilleria de los revolucionarios.
Al principio de la Revolución las fuerzas federales tenían sobre los revolucionarios la enorme superioridad de la artilleria. Atendiendo a esto seguramente, y para igualar potencia, los maderistas se hicieron de cañones.
 
Para muchos niños la guerra fue cegadora y traumática. Para los adolescentes, fue la experiencia de madurar bajo el estruendo de las armas, la aventura irresistible de sumarse a la bola, acompañando a los padres, a los amigos y a los familiares, bajo el lance de recibir un sueldo y combatir con fuego y metralla. Para las mujeres, fue tiempo de zozobra, de ocultarse una y otra vez en el pozo de agua, en los pajares, en la milpa y en el cerro despoblado, para no sufrir los abusos de sus agresores.




  Gabinete del general Álvaro Obregón, 1920 a 1924.
Entrada de Zapata y Villa a la Ciudad de México.
No debe perderse de vista que se trató de una guerra con sus millares de muertos, sus ajusticiados, sus colgados en los postes de telégrafo y en los árboles. En sus escenarios se mezcló el asedio a los pueblos con el desplazamiento de la población civil, el asalto inmisericorde a las trojes de las haciendas, a los comercios, a los corrales de los humildes. Cientos de miles de balas y cargas fueron disparadas. Hubo hambre, desolación, enfermedad, hombres mutilados e inutilizados para el trabajo productivo, amén de la viudez de las mujeres y la orfandad o la muerte prematura de los niños y de los adolescentes.
Desde la perspectiva amplia de un país integrado en una dinámica mundial, la Revolución Mexicana siguió la pauta del desarrollo del capitalismo contemporáneo y de la tecnología industrial. Sin el uso de los ferrocarriles, de los telégrafos, de la fotografía y del periodismo, la Revolución no se habría extendido con tal velocidad. Las viejas carabinas, los mosquetes, los machetes, los caballos y las mulas, convivieron con el ímpetu de las pistolas máuser, las ametralladoras, los cañones, los automóviles y los aeroplanos de la época.
La Revolución se definió por sus actores internos, pero también por los agentes de afuera. Los poderosos intereses financieros y diplomáticos de países como Estados Unidos, Inglaterra y Alemania influyeron de manera abierta o subrepticia en el auge y declive de los grupos armados. El petróleo, la minería, el comercio, los bienes raíces y el capital financiero fueron decisivos en todo momento. Además, la época se vio atravesada por el furor militarista de la Primera Guerra Mundial, amén de la reconstrucción económica y el periodo entreguerras.
Al afianzamiento político y económico del Porfiriato sobrevino la fragmentación del poder, la anarquía de la guerra civil y la alteración de la vida económica. Después llegó el tiempo de la reconstrucción y una combinación sinuosa entre los poderes regionales, los cacicazgos, las corporaciones de masas y un Estado postrevolucionario que se afianzó sobre el resto de los actores en forma pausada, a menudo violenta pero efectiva. La Revolución en su fase constructiva permitió la formación de instituciones de seguridad social, salud, educación, derechos laborales y organismos políticos de vacilante orientación democrática.
Con el tiempo, la gesta se transfiguró en discurso y justificación de un régimen político. Los monumentos, las estatuas, las letras de oro y las placas conmemorativas proliferaron por todo el país. En sus calles, en sus plazas, en el nombre de las escuelas, en el de las instituciones, los partidos, las asociaciones y los sindicatos, se fijó la idea de un gran movimiento que aspiraba al logro del bienestar y de la justicia social. En las películas de cine, en los corridos populares, en los murales de los edificios públicos, en los libros de texto de educación primaria, en la evocación de los grandes jefes como Villa, Zapata, Obregón y Cárdenas, se asentó el imaginario de un movimiento genuino, justiciero, popular y auténticamente mexicano.

La Revolución Mexicana concluyó hace décadas, rebasada por el mundo contemporáneo. Perviven como legado leyes e instituciones, pero sobre todo, una memoria que la mantiene vigente por la aspiración a un México mejor, a un país que otorgue sentido a la sencilla y profunda expresión: “somos muchos, pero somos los mismos”.

David Guerrero Flores. Es licenciado en Historia por la UNAM. Se desempeña como Director de Difusión y Divulgación del Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México.
www.inehrm.gob.mx y www.bicentenario.gob.mx



Ecos de la Toma de Ciudad Juárez. Miembros de la Cruz Roja después del asalto a Juárez.


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